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Venezuela necesita des-cubanizarse

La cubanización de Venezuela ha contribuido de muchas maneras a crear inestabilidad e incertidumbre y ha aumentado también las posibilidades de violencia.

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Jaime Daremblum

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July 6, 2011 - 12:00 am
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Cuba no es la única fuente posible de conflicto dentro del ejército. Altos oficiales de las fuerzas armadas de Venezuela —incluidos el General Henry Rangel Silva, “general en jefe” del país, y el General Hugo Carvajal, director de inteligencia militar— están profundamente implicados en el tráfico mundial de drogas. En 2009, la Oficina de Responsabilidad Gubernamental (GAO) de los Estados Unidos informó que el volumen de cocaína puesto en circulación a través de Venezuela había aumentado “significativamente.” De acuerdo con informes de las Naciones Unidas, entre los años 2006 y 2008, Venezuela fue el punto de partida de más de la mitad de todos los cargamentos marítimos de drogas enviados a Europa desde Sudamérica. Según informa el Wall Street Journal, el traficante de drogas venezolano Walid Makled, que estuvo encarcelado en Colombia desde su captura en agosto de 2010  hasta que le dieron la extradición a Venezuela en mayo de este año, admitió que “tenía en su lista de empleados a sueldo a un total de 40 generales y altos funcionarios venezolanos encargados de proveerle, entre otras cosas, seguridad y distribución.” Hay que suponer que estos generales y funcionarios buscarán proteger sus ganancias procedentes de las drogas y se resistirán a compartir o abandonar el botín.

Además de las luchas internas con respecto al narcotráfico y la influencia cubana, el ejército venezolano puede entrar en conflicto con las decenas de miles de grupos paramilitares que Chávez ha cultivado como su fuerza de seguridad personal. Estos milicianos representan en Venezuela el equivalente de la Guardia Revolucionaria Iraní, la organización que en junio de 2009 aplastó con letal eficiencia las manifestaciones masivas a favor de la democracia. Si los venezolanos se levantaran como lo hicieron los iraníes hace dos años, las fuerzas armadas podrían negarse a masacrar a los civiles que protesten en las calles. Pero ¿qué de las milicias, que reciben órdenes directamente de Chávez? ¿Qué pasaría si esas milicias llevaran a cabo una represión sangrienta? ¿Intervendrían los militares para detener su empuje? ¿O permitirían que tenga lugar una masacre como la de la plaza de Tiananmen?

Estas preguntas nos hacen volver a Cuba. ¿Permitiría realmente La Habana que cayera el régimen de Chávez? Después de todo, la isla bajo el control de los comunistas depende de manera crítica del petróleo barato que le proporciona Venezuela. Sin esos subsidios de energía, el gobierno de Castro podría sufrir una implosión. Los asesores militares y el personal de inteligencia que Cuba envía a Venezuela tienen la tarea de fortalecer a Chávez y de preservar el socialismo bolivariano. Si el régimen de Caracas tuviera que enfrentar protestas callejeras masivas, como las de Teherán en 2009 o El Cairo en 2011, ¿harían presión los cubanos para que las reprimieran? Y si fuera sí, ¿tendrían los oficiales del ejército venezolano la capacidad de impedir la represión?

La cubanización de Venezuela ha contribuido de muchas maneras a crear inestabilidad e incertidumbre y ha aumentado también las posibilidades de violencia. Chávez ha permitido, esencialmente, que a su país lo colonicen agentes del aparato comunista, cuyo gobierno tiene un interés vital en mantener a flote al régimen venezolano. Esto ha creado un nuevo obstáculo para la restauración de la democracia en Venezuela. Sin duda, antes de poder escapar de la pesadilla del chavismo y regresar a una forma de gobierno liberal y constitucional, el país sudamericano debe, primero de todo, des-cubanizarse.

Jaime Daremblum fue embajador de Costa Rica en los Estados Unidos desde 1998 hasta 2004 y es ahora director del Centro de Estudios de América Latina en el Instituto Hudson.

(Traducido al español por Inés Azar.)

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Jaime Daremblum, who served as Costa Rica’s ambassador to the United States from 1998 to 2004, is director of the Center for Latin American Studies at the Hudson Institute.
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