En 2011, las relaciones entre Estados Unidos y Ecuador descendieron a un nivel aun más bajo cuando Correa expulsó a la embajadora norteamericana Heather Hodges después de leer un cable filtrado por WikiLeaks en el que Hodges criticaba la corrupción de la policía ecuatoriana. (Correa resiente todavía esos comentarios y hace poco denunció a Hodges por su “actitud imperialista”.) Esto hizo, en efecto, que fracasaran los esfuerzos del gobierno de Obama por mejorar las relaciones bilaterales. El gobierno había mantenido un relativo silencio con respecto a los ataques de Correa contra la democracia y la libertad de prensa, y la Secretaria de Estado Hillary Clinton se había reunido en Quito con el presidente ecuatoriano  en 2010. Es notable que el gobierno norteamericano haya seguido tratando a Correa con guantes de seda aun después de la expulsión de Hodges y la sentencia contra Emilio Palacio.

La estrategia de Obama se basaba en una premisa falsa.  Las relaciones entre Washington y Quito no se agriaron por la incompetencia, la rigidez o la hostilidad del gobierno de Bush. Se agriaron porque Correa es un izquierdista intensamente antinorteamericano que disfruta de los enfrentamientos y está a favor de la visión ideológica de Hugo Chávez. Como ha escrito Eric Faarnsworth, ex funcionario del gobierno de Clinton, en la revista American Quarterly, Correa y los otros discípulos de Chávez “no quieren estar especialmente asociados a los Estados Unidos en esta coyuntura particular”.

Después de presenciar la ordalía de Assange, ¿alguien tiene todavía alguna duda?