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Los rusos y los renegados

Moscú ha dado apoyo prácticamente a cada dictadura y a cada régimen antinorteamericano del planeta

by
Jaime Daremblum

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October 17, 2012 - 2:31 pm

He aquí lo que se considera como el mayor error de política exterior de la campaña presidencial de Mitt Romney de 2012: el 26 de marzo, en conversación con el presentador de CNN Wolf Blitzer, el ex gobernador de Massachusetts declaró que Rusia “es, sin duda alguna, nuestro enemigo geopolítico número uno”.  En respuesta, el vicepresidente Biden criticó a Romney por tener una “mentalidad de Guerra Fría”, y muchos otros críticos cuestionaron hasta qué punto el candidato republicano comprendía la situación política mundial. El mes pasado, durante la Convención Nacional del Partido Demócrata, el presidente Obama acusó a Romney de “haberse quedado detenido en el ámbito mental de la Guerra Fría”.

“Enemigo geopolítico número uno” puede ser una expresión poco feliz, pero el sentido más amplio del comentario de Romney sobre Rusia no se prestaba a gran controversia: según él, el régimen de Moscú “se alinea con los peores actores mundiales” y “cuando esos terribles actores persiguen sus objetivos en el mundo y nosotros vamos a las Naciones Unidas y tratamos de encontrar medios para detenerlos . . . ¿qué país es el que siempre los defiende? Es siempre Rusia, con China típicamente a su lado”.

¿Puede alguien realmente tener ahora alguna objeción? En los últimos años, Moscú ha dado apoyo sostenidamente a cuanta dictadura antinorteamericana existe en cada rincón del mundo y ha defendido a esas dictaduras contra las sanciones y la presión de la comunidad internacional. Lamentablemente, la pregonada política de “reinicio” de Obama no ha cambiado esa situación.

Basta con que observemos el debate sobre Siria, donde las fuerzas de seguridad de Bashar Assad han cometido las atrocidades más brutales que se puedan imaginar.  Rusia ha hecho más que ningún otro país para armar al régimen de Siria y protegerlo contra las sanciones globales. El 4 de febrero pasado, cuando Moscú vetó un resolución de las Naciones Unidas que condenaba a Siria, la secretaria de Estado Hillary Clinton calificó a ese veto como “una caricatura” y la embajadora Susan Rice dijo que el veto era “indignante y vergonzoso”. Cuando Moscú vetó otra resolución el 19 de julio último, Rice describió ese veto como “una sentencia de muerte” en un comunicado a la misión de observadores de las Naciones Unidas en Siria.
Al apoyar a Assad, Rusia está efectivamente ayudando a Irán, con quien cuenta Siria como su más importante aliado en la región. Rusia también le dá ayuda a Irán al bloquear la imposición por parte de las Naciones Unidas de sanciones más fuertes destinadas a frustrar el programa nuclear de Teherán. De acuerdo con la agencia Reuters, un alto diplomático occidental dijo recientemente que “el Consejo de Seguridad no adoptaría nunca una nueva serie de sanciones contra Irán a causa de la resistencia de Rusia y China”. De hecho, Moscú ha declarado que las nuevas sanciones, que se convirtieron en ley con la firma del presidente Obama el 10 de agosto de este año, son “completamente inaceptables” y constituyen una “cruda contradicción del derecho internacional”. El 8 de septiembre, el ministro ruso de relaciones exteriores Sergey Lavrov se quejó de que las sanciones estadounidenses “estaban afectando intereses comerciales rusos”.

Moscú ha conseguido repetidamente hacer que a los países occidentales les resulte más difícil aislar a Irán. El Kremlin ha complicado también los esfuerzos de los Estados Unidos por imponer serias restricciones a Corea del Norte. El ex consejero de las Naciones Unidas George Lopez señala que, despues de que la ONU autorizó a paneles de expertos a que informaran sobre las sanciones contra Corea del Norte e Irán, “Rusia apoyó a China en su crítica del informe del panel de Corea del Norte”. Entre tanto, Pekín se unió a Moscú para denunciar el informe del panel de Irán. (Lopez formó parte del panel de Corea del Norte).

El mes pasado, Rusia acordó perdonar a Corea del Norte alrededor de 11.000 millones de dólares de deuda. Como señaló el New York Times, “El perdón de la deuda, que se estuvo preparando durante muchos meses, permitirá despejar el camino para que Rusia haga nuevas inversiones en Corea del Norte —hecho que va en contra de los esfuerzos iniciados por Estados Unidos para marginar al Norte por la constante expansión de su arsenal de armas nucleares”. En una declaración que anunciaba el acuerdo sobre la deuda, el ministro de relaciones exteriores de Rusia afirmó que ese acuerdo “marcaba el comienzo de una nueva etapa de desarrollo y relaciones financieras entre la Federación Rusa y la República Democrática Popular de Corea”.

Corea del Norte e Irán eran dos de los “puestos de avanzada de la tiranía” que había identificado Condoleezza Rice ya en 2005. Otros dos de esos puestos eran Zimbabwe y Bielorusia.

En julio de 2008, poco después que el régimen dictatorial de Robert Mugabe matara a docenas de personas en una brutal campaña de represión pre-electoral, Rusia vetó una resolución de las Naciones Unidas que habría impuesto sanciones a Zimbabwe. Y no sólo eso, sino que Moscú convenció a Pekín de que vetara también la resolución. “El punto clave es que los rusos decidieron votar en contra”, declaró al New York Times el enviado de Gran Bretaña ante la ONU. “Estimamos que China, por su sola cuenta, no habría emitido un veto porque tiene una amplia gama de intereses conflictivos en juego”. Zalmay Khalilzad, que era entonces embajador de los Estados Unidos ante la ONU, afirmó en el Consejo de Seguridad que “el giro de 180 grados en la posición de Rusia era particularmente sorprendente y perturbador”. Más recientemente, en agosto de 2012, el viceministro ruso de relaciones exteriores Mikhail Bogdanov visitó Zimbabwe y prometió que Moscú “continuará apoyando a ese país en el terreno internacional”.
Más cerca de su propio territorio, el Kremlin ha estado apuntalando al gobierno de Bielorusia, al que con justicia se lo conoce como “la última dictadura de Europa”. El año pasado, Bielorrusia estuvo al borde del colapso económico hasta que Rusia intervino con un préstamo de 3.000 millones de dólares de su Fondo Anticrisis de la Comunidad Económica Euroasiática. En enero de 2012, el dictador bielorruso Alexander Lukashenko esquió junto con el presidente ruso Dmitry Medvedev y confirmó la fuerza de las relaciones entre los dos países. En un artículo publicado pocas semanas después, el especialista en Bielorrusia Ilya Kunitski afirmaba: “Lleno de confianza por el renovado apoyo de Rusia, Lukashenko ha redoblado sus medidas de represión de la sociedad civil y busca, por todos los medios posibles, eliminar a la oposición política”. (No es de sorprender que los dos partidos más importantes de oposición de Bielorrusia hayan boicoteado las elecciones parlamentarias del mes pasado). En un comentario publicado en el New York Times este verano, el periodista bielorruso Andrej Dynko decía que su país no alcanzará una verdadera libertad política hasta que Rusia deje de apoyar al régimen autocrático de Lukashenko.

En América Latina, el Kremlin financió la acumulación masiva —y masivamente desestabilizadora— de armas en Venezuela.  El año pasado, ningún otro país importó más armamento terrestre ruso que Venezuela. De acuerdo con el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, ese país sudamericano importó en total un 555 por ciento más de armas entre 2007 y 2011 de lo que importó entre 2002 y 2006. Durante el primero de esos dos períodos (2002-06) Venezuela ocupó el puesto 46 en la lista mundial de importadores de armas. Durante el segundo período (2007-2011), ocupó el puesto 15 entre los importadores de todo el mundo.

Hugo Chávez, que acaba de ser reelegido, está usando el armamento ruso no sólo para aumentar la capacidad de las fuerzas armadas oficiales de Venezuela e intimidar a su vecino Colombia sino también para equipar a los grupos paramilitares que apoyan al gobierno, entre los que se cuenta la milicia bolivariana. En efecto, los miembros de la milicia pro-Chávez llevan rifles de asalto fabricados en Rusia y funcionan como el equivalente venezolano del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Iraní. Durante la reciente campaña presidencial, miembros de la milicia atacaron mitines de la oposición, intimidaron a partidarios del candidato de la Unidad Democrática Henrique Capriles y patrullaron locales de votación durante el día de las elecciones.

Con respecto al resto del Hemisferio Occidental, Moscú está en conversaciones con el régimen de Castro sobre la posibilidad de establecer una base naval rusa en Cuba. (Hace cuatro años, Rusia realizó ejercicios navales en el Caribe junto con Venezuela.) El Kremlin ha aumentado, además, la cooperación estratégica con los discípulos de Chávez en Bolivia (Evo Morales) y en Ecuador (Rafael Correa), que por igual han atropellado la democracia y se han opuesto a Washington.
A esta altura, Estados Unidos no debe hacerse ninguna ilusión sobre la política exterior de Rusia. Moscú ha dado apoyo prácticamente a cada dictadura y a cada régimen antinor-teamericano del planeta. El presidente Obama intentó cambiar la conducta de Rusia con el “reinicio”, que no funcionó. (Sirva de testigo la reciente expulsión de USAID, ordenada por Moscú, y la retirada de Rusia del Programa Nunn-Lugar de Reducción Cooperativa de la Amenaza Nuclear [Nunn-Lugar Cooperative Threat Reduction Program]. Independiente-mente de quién gane las elecciones del 6 de noviembre, es hora de que los decisores políticos estadounidenses consideren un enfoque diferente.
El embajador Jaime Daremblum es director del Centro de Estudios de América Latina en el Instituto Hudson.

Jaime Daremblum, who served as Costa Rica’s ambassador to the United States from 1998 to 2004, is director of the Center for Latin American Studies at the Hudson Institute.

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