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La imagen de Brasil recibe un duro golpe

La violencia de las pandillas, la corrupción y los apagones han creado una pesadilla de relaciones públicas

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Jaime Daremblum

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November 28, 2012 - 3:55 pm
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En las últimas semanas, Brasil ha ocupado los titulares de la prensa internacional por todas las malas razones. Las historias sobre la velocidad con la que crece la clase media brasileña o sobre los preparativos para la Copa Mundial de 2014 han quedado eclipsadas por historias sobre la violencia letal de las pandillas, la corrupción del gobierno, los cortes de electricidad, un sistema de impuestos infernal y un clima hostil para los negocios.

En São Paulo, la ciudad más grande del Brasil, la violencia se ha transformado virtualmente en una guerra en la que las autoridades que hacen cumplir la ley luchan contra las pandillas callejeras más poderosas del país, en un enfrentamiento similar al que produjo el baño de sangre de 2006. Hasta ahora este año han matado en São Paulo a casi 100 oficiales de policía, comparado con 56 en 2011. En la ciudad hubo 144 asesinatos en septiembre y 176 en octubre. En comparación, hubo 82 asesinatos en octubre de 2011.

En suma, São Paulo tuvo un 33 por ciento más de homicidios en los primeros diez meses de 2012 que en los primeros diez meses de 2011. El 12 de noviembre, el corresponsal de The Guardian Jonathan Watts informó que en la quincena precedente se habían producido no menos de 140 homicidios, que provocaron “cierres tempranos de escuelas, cambios de ruta de los buses municipales y manifestaciones callejeras”. Más recientemente, el 21 de noviembre, el jefe de policía del estado de São Paulo (que incluye el área metropolitana de São Paulo) renunció a su cargo.

Sin lugar a dudas, la ciudad de São Paulo es, hoy día, un lugar mucho más seguro de lo que era a fines de la década de los noventa: la tasa total de homicidios bajó un 71 por ciento entre 1999 y 2011. Río de Janeiro —la segunda ciudad más grande del Brasil— ha experimentado también una dramática disminución de la violencia y su programa de Unidades de Policía Pacificadora (UPP), lanzado en 2008, ha producido resultados sensacionales: el Foro Brasileño de Seguridad Pública calcula que las favelas de Río en las que existe una UPP han visto su tasa combinada de homicidios experimentar una reducción del 80 por ciento.

Con todo, las dos ciudades (especialmente Río) siguen siendo altamente peligrosas si se les aplican normas internacionales. Como informó en diciembre pasado el Financial Times, Pedro Henrique de Cristo, fundador de la iniciativa Ciudad Unida, calculó que aproximadamente una sexta parte de todos los residentes de Río de Janeiro “viven dominados por caciques de la droga que escapan al control del gobierno. El promedio de ingresos de esos residentes es alrededor de un tercio del de los barrios normales, las tasas de homicidio son casi dos veces más altas y el número de embarazos de adolescentes es cinco veces más alto”.

Otros lugares de Brasil son aun más peligrosos. De acuerdo con un estudio del Instituto Sangari, la tasa nacional de homicidios aumentó un 124 por ciento entre 1980 y 2010, con un ascenso que ha ido de 11,7 homicidios por 100.000 habitantes a 26,2 homicidios por 100.000 habitantes. (La Organización Mundial de la Salud estipula 10 homicidios por 100.000 habitantes como el umbral de un nivel “epidémico de violencia..) En 2010, el número total de asesinatos fue aproximadamente 50.000. Como observa sombríamente el estudio, el Brasil “ha conseguido exterminar a un número mayor de sus ciudadanos que el de la gente que murió en recientes conflictos armados en todo el mundo”.

La violencia actual en São Paulo se ha extendido a áreas que solían ser relativamente seguras, como el estado costero de Santa Catalina y su capital, la ciudad de Florianópolis, conocida por sus hermosas playas y su activa vida nocturna. A principios de noviembre, según informa MercoPress, “bandas armadas quemaron en Florianópolis un total de más de 17 buses y atacaron seis comisarías con intenso fuego de artillería”. Entre tanto, el estado costero de Alagoas, en el noreste del Brasil, tiene ahora la tasa más alta de homicidio, a razón de 74.5 asesinatos por 100.000 habitantes.

Como si Brasil necesitara más atención dirigida al problema del delito,  al famoso jugador de fútbol brasileño Bruno Fernandes se lo juzga actualmente por el asesinato de su ex-novia. No debe sorprendernos que el caso se haya transformado en un espectáculo mediático y que algunos lo consideren como el equivalente brasileño del juicio de O. J. Simpson.

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