Con todos estos antecedentes, ¿cómo es que la comunidad de negocios nicaragüenses no está activamente empeñada en hacer campaña para derrotar a Ortega? La respuesta es simple: el presidente sandinista ha adoptado medidas económicas pragmáticas y se ha beneficiado de una masiva infusión de dinero en efectivo que le ha proporcionado el autócrata venezolano Hugo Chávez. Impulsada por la fuerte exportación, el turismo y las inversiones de Venezuela, la economía nicaragüense experimentó un sólido crecimiento el año pasado y continúa su buen desempeño en 2011. Nicaragua sigue siendo un país con una altísima tasa de pobreza (en segundo lugar, dentro del Hemisferio Occidental, detrás de Haití), pero ha sabido aprovechar el Tratado de Libre Comercio para America Central (CAFTA), que entró en efecto in 2006. Como candidato presidencial, Ortega se opuso ferozmente a la adopción de CAFTA, pero ha sostenido el acuerdo desde que asumió el poder.

En suma, mientras Chávez ha hecho guerra abierta a la empresa privada y ha ahuyentado a los inversores extranjeros, Ortega (hasta ahora) ha manejado la economía con moderación. Después de su reciente viaje a Managua, el columnista Andrés Oppenheimer, del Miami Herald, escribió: “Para mi sorpresa, la comunidad de negocios parece sentirse aliviada con respecto a Ortega,  quien, a diferencia de su benefactor Hugo Chávez, aun no ha nacionalizado ni confiscado ninguna de las grandes empresas privadas. Mucha gente de negocios con la que hablé señaló que, a pesar de su encendida retórica contra el capitalismo, la comunidad de negocios, los medios independientes de comunicación y los Estados Unidos, Ortega ha mantenido un Banco Central semi-independiente y acepta las condiciones económicas favorables para el mercado impuestas por el Fondo Monetario Internacional.”

La sensación de alivio del grupo de presión de los empresarios es comprensible. Pero, ¿qué del destino de la democracia nicaragüense, cuya defensa dio lugar a una sangrienta guerra civil? ¿Los dirigentes de negocios están dispuestos a dejar que Ortega cree una autocracia a cambio de que maneje con prudencia la economía? ¿Quieren, en efecto, vivir bajo una dictadura, si está económicamente bien informada? Y en ese caso, ¿no existe el riesgo de que Ortega recurra a una economía al estilo de Chávez una vez que haya terminado de restablecer un régimen de partido único?

No debemos olvidar que el gobierno sandinista llevó a la fuga masiva de capitales y a la hiperinflación durante los años ochenta. Los nicaragüenses no están dispuestos a aventurarse una vez más por ese camino. Y Ortega lo sabe. Sabe también que para tener éxito es crucial que consiga tranquilizar a los grupos de presión de empresas. Por eso, Ortega ha combinado cínicamente pragmatismo económico y política autoritaria: apoya a CAFTA, pero también roba elecciones; propulsa las inversiones extranjeras, pero también manipula el sistema judicial; promueve un buen clima de negocios, pero también desacata abiertamente la constitución.

Hasta ahora, la fórmula le ha dado resultado. Con un notable crecimiento económico y una oposición débil y dividida, Ortega parece aprestarse a ganar la reelección sin problemas. Cinco años más de gobierno sandinista podrán contentar perfectamente a la comunidad de negocios. Pero contribuirán sin duda a una mayor erosión de la democracia y podrán exacerbar la inestabilidad regional (si Ortega emprende nuevas aventuras en el extranjero como la invasión de Costa Rica en 2010). ¿Es este, verdaderamente, el futuro que quieren los nicaragüenses?

Jaime Daremblum fue embajador de Costa Rica en los Estados Unidos desde 1998 hasta 2004 y es ahora director del Centro de Estudios de América Latina en el Instituto Hudson.

(Traducido al español por Inés Azar.)