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La cínica estrategia de Ortega

Daniel Ortega, en la década de los ochenta, transformó a Nicaragua en un estado cliente de la Unión Soviética, no es un verdadero aliado ni de la democracia ni del capitalismo. Pero el hecho de que tolere, aunque de mala gana, al capitalismo le sirve ahora para desmantelar la democracia.

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Jaime Daremblum

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July 20, 2011 - 12:00 am
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Daniel Ortega, el ex-dictador marxista leninista que, en la década de los ochenta, transformó a Nicaragua en un estado cliente de la Unión Soviética, no es un verdadero aliado ni de la democracia ni del capitalismo. Pero el hecho de que tolere, aunque de mala gana, al capitalismo le sirve ahora para desmantelar la democracia.

Después de que Violeta Chamorro lo derrotara en una ampliamente divulgada elección en 1999, Ortega se valió de una siniestra alianza con el corrupto y convicto Arnoldo Alemán para volver a ganar la presidencia de Nicaragua 16 años más tarde. Antes del pacto Ortega-Alemán, un candidato presidencial necesitaba un mínimo del 40 por ciento de los votos para asegurarse la victoria. Después del pacto, el requisito se redujo al 35 por ciento. De ese modo, en noviembre de 2006, Ortega pudo ganar la elección con sólo un 38 por ciento de los votos. (Sus dos rivales conservadores más importantes, Eduardo Montealegre y José Rizo, ganaron un total combinado de votos del 55 por ciento.)

Desde entonces, Ortega ha mostrado un desprecio visceral por la democracia. Por ejemplo, su partido sandinista descaradamente robó la elección de alcalde de Managua en 2008, y Ortega recurrió a la matonería legal para darle a su campaña electoral una pátina de respaldo constitucional. Desde luego, bajo cualquier interpretación objetiva de la constitución de Nicaragua, debería prohibirse que Ortega se presente para un nuevo mandato como presidente. El texto de la constitución establece explícitamente un límite de dos mandatos no consecutivos en el cargo de presidente y explícitamente prohíbe que un presidente en ejercicio busque la reelección. Ortega está terminando ahora su segundo mandato (el primero fue en la década de los ochenta), de modo que las dos restricciones constitucionales son pertinentes en su caso.

Pero la Corte Suprema de Nicaragua se ha transformado en una institución completamente corrupta, y en noviembre de 2009 sus miembros sandinistas conspiraron para eliminar los obstáculos constitucionales a la reelección de Ortega. Los jueces sandinistas celebraron sin previo aviso una reunión del panel constitucional de seis magistrados. En esa reunión estaban ausentes, por supuesto, los tres jueces de oposición, a los que los sandinistas reemplazaron con tres jueces “suplentes.” Esta fraudulenta parodia de corte procedió entonces a invalidar la provisión constitucional que establece límites de mandato, a pesar de que, de acuerdo con el texto constitucional, la única institución con el poder de hacer esos cambios es la Asamblea Nacional.

Ésa fue una pura y simple usurpación de poder que mostró quién es Ortega verdaderamente y que constituye una severa advertencia de que la democracia nicaragüense está en peligro de extinguirse. El mismo líder que formó un estado policial al estilo de Cuba durante los años de Reagan parece decidido a reinstaurar un régimen autoritario y emprender una política exterior beligerante. El gobierno de Ortega ha hostigado a periodistas que lo critican y a oponentes políticos. Durante una disputa fronteriza en el otoño de 2010, las tropas nicaragüenses invadieron y ocuparon el territorio soberano de Costa Rica, en un acto manifiesto de agresión contra un país sin ejército.

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