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Jaime Daremblum

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February 9, 2012 - 12:00 am
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En su reciente Discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente Obama no habló de la política de Estados Unidos en América Latina, excepto por una referencia al pasar a los tratados de libre comercio con Colombia y Panamá y por las siguientes siete palabras: Our ties to the Americas are deeper [Nuestros lazos con las Américas son ahora más profundos]. Aparte de esa breve frase, no había nada. Nada sobre la feroz violencia causada por la droga en el vecino México y en América Central. Nada sobre la erosión de la democracia en Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y Argentina. Nada sobre la alianza estratégica entre Irán y Venezuela o la creciente presencia de Irán en la región. Nada sobre Alan Gross, el subcontratista de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) que fue sentenciado a 15 años de prisión en una cárcel de Cuba por falsos cargos de espionaje.

Esto no es ninguna gran sorpresa, porque Obama ha tratado a América Latina sistemáticamente como un asunto de poca importancia. Pero volvamos a la breve frase de su Discurso: “Nuestros lazos con las Américas son ahora más profundos”. ¿Es esa, realmente, la verdad?

Durante la campaña presidencial de 2008, Obama atacó, sin pelos en la lengua, al gobierno de Bush por su relación con América Latina: “Su política en las Américas ha sido negligente con respecto a nuestros amigos, ineficaz frente a nuestros adversarios, indiferente a los desafíos que importan en la vida de la gente e incapaz de hacer avanzar nuestros intereses en la región”. Y sin embargo George W. Bush firmó tratados de libre comercio con Chile, América Central, la República Dominicana, Perú, Colombia y Panamá; creó la Iniciativa Mérida contra la droga; y dio impulso a la asistencia para el desarrollo en América Latina mediante la innovadora Corporación Desafío del Milenio (Millennium Challenge Corporation).

A diferencia de Bush —y de Bill Clinton, y de George H. W. Bush, y de Ronald Reagan— Obama no ha propuesto ninguna iniciativa propia de gran envergadura en la región. Es verdad que consiguió finalmente que el Congreso aprobara los acuerdos comerciales con Colombia y Panamá (aunque solo después que los republicanos ganaron control de la Cámara de Representantes) y transformó una porción de la Iniciativa Mérida en la Iniciativa de Seguridad Regional de América Central. Pero en todos esos casos, Obama no hizo más que completar o ampliar el alcance de políticas establecidas por su predecesor.

De hecho, a pesar de todas sus críticas al historial de Bush en América Latina, Obama no ha cambiado de manera significativa la política de los Estados Unidos para con los poderes democráticos más importantes de la región. Obama ha mantenido una estrecha cooperación con México en materia de seguridad, pero el estrambótico escándalo de “Fast and Furious” ha socavado esa cooperación. Bush tenía relaciones personales, cálidas y productivas, con varios líderes políticos de América Latina, entre ellos, Lula da Silva del Brasil, Ricardo Lagos de Chile, Álvaro Uribe de Colombia, Francisco Flores y Antonio Saca de El Salvador y Alejandro Toledo del Perú. Obama tuvo un cierto éxito en su viaje a América Latina (en marzo del año pasado visitó Brasil, Chile y El Salvador), pero nuestros aliados y asociados siguen esperando que el presidente norteamericano anuncie una iniciativa de gran escala para el hemisferio. El desaliento de nuestros aliados encontró condensada expresión hace un año en el discurso que pronunció en la universidad de Brown el presidente de Colombia Juan Manuel Santos. Según Santos, Estados Unidos ha adoptado una actitud “pasiva” y “carente de compromiso” con respecto al Hemisferio Occidental.

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